La suspensión de la emergencia económica por parte de la Corte Constitucional volvió a dejar al descubierto una vieja contradicción en la política colombiana. Desde el Gobierno, el presidente Gustavo Petro señaló que esta decisión beneficia a los “mega ricos”. Sin embargo, ese señalamiento pierde fuerza cuando el discurso popular no camina de la mano con los gestos del poder.
Mientras se habla de pobreza y justicia social, quienes gobiernan habitan un mundo distante al del ciudadano común. Lujo, privilegios y comodidades contrastan con la realidad de millones de colombianos que sobreviven con un salario mínimo. Esa distancia convierte al gobernante, no en un salvador, sino en un actor que observa el dolor desde arriba, sin sentirlo en la piel.
Las declaraciones de Armando Benedetti, al afirmar que en Colombia no existe la clase media, refuerzan esa percepción. Para muchos, no fue solo una frase desafortunada, sino una muestra de desconexión con la realidad de los pobres, que luchan cada día por no caer más abajo en la escala social.
En este escenario, los verdaderos protagonistas no son quienes gobiernan, sino las víctimas silenciosas: los pobres de Colombia. Ellos escuchan promesas, discursos encendidos y señalamientos contra los poderosos, mientras en la práctica los grandes intereses siguen marcando el rumbo del país.
Así, el villano no siempre es quien acumula la riqueza, sino quien, desde el poder, utiliza el lenguaje del pueblo para conservar su favor, apelando a la esperanza de los más vulnerables. Los pobres, una vez más, quedan atrapados en una narrativa que los nombra, pero no los libera.
Colombia no necesita más discursos que dividan, sino gobernantes que bajen del pedestal, miren a los ojos a su gente y gobiernen con coherencia, no con retórica. @armandobenedetti @gustavopetrourrego @juliochaguisenado @anapgarcias @chicanoticias @felixgutierrezcordoba @julioeliasvidal @roybarreras @delaespriella_style @palomavalencial @rubychagui @alvarouribevelez @juanmanuelsantos